Jueves 27 de Mayo del 2021
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VIDA, PASIÓN Y TRIUNFO
DEL MUCHACHITO

Por David Picolomini
La historia del cine universal se divide en tres estamentos muy claramente identificables, a saber:
Tenemos por un lado, el Cine Rex
Tenemos por el otro lado -o a  la vuelta misma- el Cine Cervantes.
Y tenemos por último el Cine Coliseo.
No hay más.
Muy fácil es también conseguir una cabal demostración de la hipótesis enunciada si se contempla que, por los años sesenta, la población situada en el segmento/ compartimiento  de los cuatro, cinco o seis años; debía concurrir a los sitios de esparcimiento anteriormente consignados, acompañada e influen-ciada por sus propios progenitores o tutores o encargados, o señores que querían hacer mérito con alguna madre abandonada.
El verdadero sentido de semejante desprendimiento o cortesía era el que, ellos, pudieran apreciar un estreno que fuera de su agrado particular , no de los minúsculos párvulos, que rogaban por una de Mickey, el Pato Donald o, aunque más no fuera, algún sainete en vivo donde actuara "Serenata"Simonini.
(Este breve escriba, debió protagonizar en carne propia este tipo de atropellos cuando, su propia abuela -luego de haberle macaneado a gusto a su consorte- conducía a su nieto a alguna matinée donde ella pudiera solazarse con las aventuras y desamores de Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejía o Luis Sandrini; aunque también fueran bienvenidas las cintas con "Pepe" Arias, OlindaBozán, "Niní" Marshall o "Tita" Merello).
Ya cuando al niño lo tenían bañado de temprano, a plena luz del día, vestido como para comunión en el Vaticano, la gomina diseminada por la cabellera a lo "Carlitos" Gardel, los zapatos-que-hacían-doler, bien lustraditos  y hasta corbatín con elástico... era porque lo iban a llevar al Coliseo a ver "Los Diez Mandamientos".
¡Ufa! Tres horas y media de ver pasar gente por la pantalla inmensa, unas señoras que cantaban finito que nadie veía, el volumen que por ahí desaparecía y los cortes de cinta que generaban el reclamo piquetero de los pocos que venían siguiendo el hilo de la historia bíblica. Encima, CharlonHeston parecía que estaba doblado al sanjuanino, por la tonada que le salía cuando hablaba con el padre de él.
Otro tanto, se generaba cuando había que acompañar a la hermana cinco años más grande con el noviecito de turno, un flaco con sombra de bigote a lo "Ñancul", piernas larguísimas y apasionado por el maní con chocolate. La consigna era tomar cabal conocimiento visual de todos los desplazamientos post-apagón de luces de la cándida parejita e ir posteriormente a exponerlo oral y escritamente ante el tribunal paterno-materno-abuelar.
En esas tediosas veladas, las películas elegidas eran las "de llorar" o "las de besos" ejemplo: las primeras eran tipo "La sonrisa de mamá" con Palito Ortega, Libertad Lamarque y Ángel Magaña o "Cuando los duendes cazan perdices" con Luis Sandrini y MalvinaPastorino, donde el personaje decía "la vieja ve, la vieja ve lo' colore'!
Las de besos eran parecidas a "Fuiste mía un verano" con Leo-nardo Favio y Susana Giménez o "Sandro" y Marcela López Rey en "Quiero llenarme de ti".
Menos mal que la vida se apiadaba de los desposeídos sin voz ni voto y les llegaba el momento de poder ir solos o en patota, los domingos por la tarde, a cualquiera de los tres templos.  
Era la época de oro de "Ringo", con Giuliano Gemma y un montón de italianos que se hacían los conbóis. Por el otro lado, estaba "Django", pero no el señor ese que tiene problemas estomacales, sino el otro "tano", Franco Nero.
¡Que manera hermosa de matar gente! No daba ganas de sentarse en la primera fila, con los pies en la barandilla del foso del Rex, por temor a que alguna bala de esos mexicanitos inocentes le rebanara a uno la caja de Sugus recién adquirida a Honorio Chanquía, o a los hermanitos Frías, sin ir más lejos.
¡Caramileeeerooo!
Después estaban las de guerra y uno se retiraba del epicentro del ensueño, con ganas de darles una mano a los japonesitos, a los alemanes o a los indios, que si bien en las guerras mundiales ya no existían, lo mismo los marines yanquis les daban para que tuvieran.
¡Ese era biógrafo y no el de ahora!
Cuando aparecía el muchachito por el otro lado de alguna montaña, se hacía el que le molestaba el sol y mordía fuerte un "Saratoga" que le duraba toda la película. El caballo, por poco no se peinaba, como si esperara los alaridos de la platea del Cervantes y los taconazos Gomicuer contra la veterana pinotea.
Quisto, inmediatamente después de voltear seiscientos veintitrés señores que le salían al cruce de la nada, se las tomaba para el lado del hotel del pueblito apacible y próspero, donde lo esperaba ansiosa la chica que ya conocíamos del afiche. Parecía que la buena moza tenía celular, porque salía a su encuentro, bien peinada y emperifollada, como si el muchachito le hubiera avisado que llegaría a esa hora, ¡qué bárbaro!
A esta altura del pormenorizado relato, da vergüenza admitir que unos años más tarde, el interés por la cinematografía estaba apuntando a otra clase de motivaciones, como por ejemplo "El trueno en las hojas", "Fiebre" o "Las colegialas se confiesan"; pero la férrea resistencia de don "Geniol" en la función jueves por la noche, protegía a las almas candorosas de los malos pensamientos.
¡Pucha! El día que tenga plata me voy a comprar entera la última fila del Rex, la que está bien cubierta por el cortinado, así no me olvido nunca más de esa vez en que no vimos ni la "primera", ni la "segunda".

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