Jueves 6 de Enero del 2022
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  • La balada de los chicos que juegan lejos del mar... (por David Picolomini)

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La balada de los chicos que
juegan lejos del mar...


Por Davis Picolomini
La verdad que estaría bueno que la vida empezara al revés -como se le ocurrió al maestro Quino- Que nazcamos de una muerte y nos fuéramos yendo, día a día, hacia la cálida panza de una madre. Capaz que, por ahí, hasta disfrutamos un poco más de cada etapa.
"¡Uy!, cuando yo sea chico, ¡la de diabluras que voy a cometer!"
"¡Jódanme ahora, ya van a ver cuándo sea adolescente y los pueda alcanzar cuando corran!"
"¡Ah, sí...! Con que... ¡salga de aquí, viejo verde!  ¡Ya me vas a admirar cuando tenga una pinta bárbara!
"¡Ufa! Otra vez lunes... ¡otra vez a levantarse y rajar para el laburo! ¡Que ganas de llegar a niño y pensar solamente en jugar todo el día!".
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Los dos chiquilines se entretienen cerca de un aljibe que corona el patio, meta hacer hoyitos con una cuchara en reciente desuso, para jugar a las bolitas. Uno tiene en su poder la lecherita, dos humitos japoneses nuevos y un bolón de acero de los que vendía "Esnaola".
El otro, hábil exponente de la jauría siesterabellvillense, se encuentra empecinado en hacer saltar con su afamado tinque, los preciados trofeos del aujero provocado a esa pampa argentina y cordobesa.  
La "Gerónimo del Barco", mientras tanto, se traga desde sus hondas cunetas a los párvulos más chicos que intentan, a duras penas, sostenerse sobre los largos pedales de una bici de Moncada, a la que hace un rato nomás le han sacado las rueditas. El bagual rodado, lejos de someterse al comando de su jinete, responde más a los designios de las fuerzas de la gravedad que piden tierra.
"¡Espejito vale tres! ¡A rollito vale diez!... El patio de los grandes baldosones de granito encuadrados por rojas líneas demarcadoras de "la Normal", se presentaba como la pista ideal para jugar a las figuritas. Redondas, estampadas con los mejores cracks de aquellos entonces, llegaban a las manos temblorosas e impacientes, desde los paquetes que distribuía "Sanitá" a los cuatro vientos sudesteños. ¡Arrebatacióoooon!
El objetivo último, la gran epopeya, lo constituía el completar el álbum para poder ganar una pelota... ¡de cuero y todo! Pero...ninguna meta es cuesta abajo, mi pequeño saltamontes. La "69" y la "386" eran las "difíciles" y no había fuerza en el mundo capaz de conseguirlas sin tener que poner en juego la integridad física, algunos vueltos ahorrados o cualquier otro bien digno de ser ofrendado.
Por otra parte, atrás de los patios que dan todavía a la infancia de los otoñales años sesenta, golpeaban sistemáticamente las número cinco, cascos pentagonales, con las que se conseguía la felicidad inmediata después del mate cocido con leche, o leche sola, o… con cualquier cacao que fiaran por el barrio.
Desde la otra cuadra se escuchaban los habituales reproches de una madre harta y cansada de renegar con sus dos hijos varones, a los que resultaba imposible mantener decorosamente cambiados como para inminente "comunión de primo hermano".
En tales ocasiones, daba gusto revisar ocularmente la estampa; por los pies, dos pares de pelados "Gomycuer/todo terreno" aptos para la escuela, la salida al matinée de los domingos o para los velatorios de algún familiar cercano, bastante entrado en años.
Las medias, zoquetes beige, "Ciudadela" o mercachifle, a los que el respectivo elástico se les escapaba en el primer lavado a piletón de patio.
Un buen par de pantalones cortos, cintura elastizada, dos números más grandes (por si el crecimiento era vertiginoso) de color azul marino, a cuadritos marrones o tipo pana-tapizado de butaca.
Camisa blanca almidonada, mangas cortas en verano y larguísimas en invierno, o viceversa. O bien, una celeste, cuello en punta y transparente. Tal vez a cuadros, símil mantel, o una floreada a lo "Cuarteto Imperial", (religiosamente dicho hasta el cansancio..."adquiridas en Casa Los Vascos, los campeones del vender barato").
Madres vengativas, descorazonadas o carentes de buen gusto; remataban el atuendo infantil con algún corbatín al tono, un moñito tipo mozo sin bandeja o un simpático sombrerito "Cantinflas".
Por si el infante osaba olvidar su sombrero en algún lado, la cabellera no aparecía descuidada, no. Sus características ondas se apreciaban contenidas por kilos y kilos de la mejor gomina que hubiera en el mercado o en las farmacias y perfumerías Mentasti-Viturro. Del Águila-Martín, o Raffaini-Boladeres-Galleti-Borrageros.
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Exhaustos, raspados, deshilachados, transpirados y retados hasta la afonía materna; los inadaptados "propietarios del futuro de la Nación Argentina" se consultaban mutuamente, sobre sus sueños para un mañana promisorio.
"Yo quiero ser bombero"
"A mi, me gustaría ser aviador"
"Quiero ser jugador de fulbo".
"En cambio yo, quiero que me mire la "Licho" y que no me muerda el perro de Visca cuando le robo las mandarinas".
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¡Capotón para el último que se acuerde de su niñez y no quiera regresar a ella!

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