Jueves 10 de Febrero del 2022
Bell Ville, Cba. - Argentina
Director: Luis A. Giletta - 25 de Mayo 175 - Tel/Fax: (03537) 416789/414580/415080 - E-mail: luisgiletta@tribunabellville.com.ar - (2550) Bell Ville
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En el mes de su 10º aniversario, el grupo literario
Sentir en Palabras prepara sus festejos

  Sonia Martínez y Gladys Calismonte, presidente y miembro de la Comisión Directiva del Grupo literario "Sentir en palabras", agradecieron el apoyo de la comunidad, al anti-cipar los festejos que prepara la entidad por el mes en el que cumple 10 años de actividad en favor de las letras y sus escritores, tanto profesionales como aficionados.
Anunciaron que a lo largo de febrero se desarrollará una cena conmemorativa el sábado 19 y siete días más tarde, sábado 26, habrá un taller literario gratuito y abierto a la comunidad.
Además, a lo largo del año se anticipan publicaciones alusivas en su sitio de Facebook (Sentir en Palabras-Bell Ville - Oficial), realización de cafés literarios mensuales, el cuar-to sábado de cada mes; reunión grupal con festejos de cumpleaños, el último viernes de cada mes; edición de la 10º Antología Anual; realización presencial del Encuentro de Escritores; participación en la Feria del Libro local y desarrollo del Taller Literario a cargo de la profesora  Gladys Calismonte.
Martínez dijo: "cumplimos 10 años y estamos muy satisfechos con lo que hemos hecho y con todo lo que nos ha devuelto la ciudad. Estos dos años de pandemia no nos han detenido, sino que nos llenaron de adrenalina para seguir adelante".
Calismonte tiene a su cargo los talleres literarios que se dictan en el Centro Cultural Municipal y detalló que en la capacitación del sábado 26, se explicará lo que es un Taller Literario.
Posteriormente, en marzo se comenzará con el dictado habitual de los talleres, dos veces al mes y dos horas de duración por día.

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Alguna visita guiada al corazón
de lo Esnaola


Por David Picolomini
En el año del Señor de 1969, todo estaba más o menos igual que ahora, los opositores pedían el poder y los gobernantes, paciencia.
Los trabajadores de "Mainero" y los de "la Celulosa", pedían recomposiciones y los del Banco de Préstamos y los de la Tienda Los Vascos, también.
La gente del campo, aledaña a la ciudad, le pedía a los sucesivos gobiernos militares y a Dios y María Santísima, que hicieran llover. O que decretaran milagros y subsidios o viceversa.
Don Carlitos Vigna, señero portavoz de la novedad "autoparlante", por esos giornos, se esforzaba en convencer a los vecinos que lo veían pasar muy despacito, a bordo de un Citröen 2 CV -o de una "Furgoneta" de la misma especie- de las ventajas de comprarle a "Rolland" o a Rollandito", a "Barquín" o a la "Sameco Agrícola"; a la "Casa Rosa" o a la "Despensa de Ferrari", entre otras tantas opciones bellvillenses.
Uno, pibe al fin, lo veía transcurrir por la Entre Ríos, o dar vueltas alrededor del "Mercado" o esquivando pozos por el bulevar Misiones o destartalándose por el empedrado de la avenida España o el de Tucumán y Edison, por citar solo ejemplos conocidos por media Argentina, para no andar con chauvinismos.      
A pesar de contar con la edad apropiada para dar los primeros pasos de la mano de los cabecillas de grupo, (esos que, con dos años más que uno, parecía que la tenían tan clara que, si le venías con chiquilinadas como, jugar al Veo -Veo, con las nenas; capaz que no te saludaban por tres días...) A cualquiera le costaba un Perú, entrar a lo de "Maggi Hermanos" y escuchar su propio retumbar de "Gomycuer" contra la pinotea interminable. Tanto cajón, tanta herramienta, tanta caja y embalaje, conformaban un contexto aproximado al de esos libros de ficción que regalaban las tías para los cumpleaños o, cuando uno decía que había pasado de grado.
Ni hablar cuando la invitación de algún mayor amable, incluía el Bazar Colón o lo Esnaola... ¡Uy!... Lo de Esnaola...
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A ver, a ver... existirá siempre sobre la Pío Angulo al 500, de aquella mano; tenía so-lamente dos escalones para el ingreso y ventanas gemelas de persianas arrugadas a los costados como pantallas. Desde esos miradores se exhibía seductora la inconmensurable variedad; la que no poseía nada que envidiarle al más encumbrado cambalache que haya dado el puerto.
¡Fijate, cordobé...!
Señuelo para bagre, para mojarra, para pejerrey, para truchas y para pez espada. Pedales de metal, con punteras de carrera, manoplas con flecos para bici de paseo, forro para asiento con el banderín de Racing Club. Triciclos de caño pintado al fuego, con canastito para llevar; bicicletas de mujer, bicicletas de hombre, bicicletas de carrera y sulkyciclos.
Luego de sorteado semejante laberinto adquisitivo, a duras penas se llegaba al portentoso y firme mostrador, donde, los amables dependientes, no perdían su habitual parsimonia así escucharan las mayores e inapropiadas consultas.
-Don, ¿tiene discos simples o longplay?
-Señor, dice mi mamá si tiene sencillo...
-Tío… ¿no tené' nada para el Migón...?
-Esnaola... ¿tiene balas?
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Claro, porque en ese breve espacio había constituido su domicilio legal, todo tipo de elemento por demás atractivo para los dos o tres pares de ojos que no llegaban al metro y medio. Que revólveres sobre sus estanterías, escopetas de dos caños, tres caños, cuatro caños, según el entusiasmo del observador.
Cartuchos; pelotas de las de goma, pelotas de las de cuero, pelotas de las de plástico y para tenis, para paleta, para golf, para ping pong, para básquet y para los metegoles que uno ya conocía de memoria.
Balines para rifles de aire comprimido, con sus correspondientes armas "Churrinche", "Mahely" o "Matagatos".
Además, para aquellas almitas más sensibilizadas por el cancionero nativo; terribles causales de mares de lágrimas, hechos berrinches posteriores, pasaban a ser los mo-delos de guitarras "Optima", "Tango" o alguna "Antigua Casa Núñez", a precios fuera del bolsillo de la dama, el caballero o el jubilado del Estado.
En cada oportunidad que uno requería el más complicado de los pedidos al incauto vendedor de turno, éste que se iba para los bajofondos mercantiles, como dispuesto a fabricar allí mismo nuestro artículo anhelado.
En un dos por tres, y el mozo que ya volvía con sonrisa de convenio colectivo, presto a dejarnos conformes con la alquimia, pero no con el reajuste inflacionario producido en un abrir y cerrar de telón de trastienda.
Después que nosotros nos retiráramos apresurados con nuestro envoltorio, Esnaola que cerró las puertas de lo asible y abrió definitivamente la leyenda de su propio almacén de variedades.
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Tiempo más tarde, la picota desmemoriada dio cuenta de su fachada, de sus ventanales gemelos arrugados, de los bombos recién llegados de una siesta provinciana  y de las planchas " Volcán" a combustible, que no se sabía con certeza por donde se las cargaba.
Fue ese día, después de tantos días que hubimos de distanciarnos, que intentamos volver al sitio donde nos recibiera Esnaola. No había nadie, nada mostraban.
"Otros vendrán -nos consolamos desiderativos- otros iguales".
Pero no, no vino nadie.
La vida nos fue cambiando los cortinados, las luces y los argumentos. Quedan hoy, sobre las mismas interminables pinoteas; solamente los gratos momentos amigables que nos vienen a buscar en medio de las soledades; los viejos colores, los viejos sonidos, los viejos aromas y los viejos cómplices de a ratos, aquellos a los que rogamos desesperadamente que ni se les ocurra abandonarnos.
-Arturo, ¿vamos hasta lo Esnaola a comprar "calcamonías"?
-¡Vamoshh, Farafa! ¡Y después nos vamos a jugar a los conbóis! ¡Ueyy!

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