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Norma Isabel Matteucci acaba de publicar
una nueva producción literaria

La escritora y docente bellvillense Norma Isabel Matteucci acaba de publicar una nueva producción literaria del género del ensayo que, a partir de textos de distintas escritoras, busca poner de relieve que "mediante la escritura, cada narradora construye su personal desobediencia para oponerse al orden social patriarcal".

Sin caer en una discusión binaria acerca de textos escritos por varones o textos escritos por mujeres, la autora lo-cal ha enfocado su ensayo en la necesidad de reconocer la intención de creadoras literarias que, a través del lenguaje escrito, salen de la moldura de los cánones masculinos imperantes durante siglos, para redescubrirse a partir de sus propias experiencias de vida o de las ficciones que crean, logrando experiencias creativas de relieve.

Según Matteucci, ésa fue la intención primordial al abordar su nuevo libro "Mujeres, escritura y vida en novelas autobiográficas y autoficciones", publicado por Editorial "Cartografías" de Río Cuarto, logrando un ensayo que "analiza formatos textuales, escritos en español, por escritoras del siglo XX y el presente, con perspectiva de género".

Según la autora, "me impulsó la escritura de este libro el interés de posicionarme como lectora contra el canon de lectura masculino, que desvirtúa las escrituras del yo feme-ninas como producciones privadas o subjetivas, desconociendo que tras esas líneas hay siempre un posicionamiento político digno de destacar. Con esto quiero decir que, más allá de lo particular que se narra en las obras del corpus, hay una validez plural y pública relevante. A esto se suma, en la mayoría de las obras analizadas, un gran trabajo estético, en una interrelación entre vida y literatura. Escribir acerca de estos formatos es una manera de visibilizar las producciones de las escritoras analizadas".

Al ser consultada sobre si la creación literaria como tal estuvo o está marcada por tendencias patriarcales, o si en este ámbito no vale esta discusión, Matteucci consideró que "en todos los ámbitos de la vida de las mujeres, la estructura patriarcal se ha hecho sentir y la literatura no ha quedado al margen. Y ese canon masculino del cual hablé precedentemente, aún hoy tiene cierto poder, aunque está cediendo paulatinamente, con escritoras que producen, se leen mucho y son valoradas, especialmente a partir de los enfoques de género y los feminismos.

Por otra parte, negó categóricamente que haya una literatura femenina a distinguir de una literatura masculina. Al ser consultada sobre si hubo o hay una identidad femenina en la literatura, la autora bellvillense sostuvo que "estoy en contra -y lo explicito en el libro- de hablar de una literatura femenina que se opone a una masculina, es decir, rechazo el binarismo en la producción literaria. Si la obra alcanza el fin estético propuesto, es literatura más allá del género de quien la escribe. No obstante, las mujeres que se enuncian como 'yo' en las novelas autobiográficas y autoficciones analizadas, construyen su subjetividad, múltiple, nómade, no esencializada ni estereotipada, y en la mayoría de las obras con 'desobediencias' a los mandatos patriarcales hegemónicos de manera explícita o implícita. Lo que significa que no hay una identidad femenina única, ya que se trata de seres en situación, atravesadas por condicionamientos múltiples. Y la literatura las muestra".

En este marco, insistió en que la creación literaria femenina no tiene atributos diferentes a las de un escritor varón y que la única diferencia a distinguir, en todo caso, es si se aplica una perspectiva de género. "Como ya dije, estoy en contra del paradigma binario, y pienso que un buen escritor o escritora puede posicionarse desde cualquier género. Sin embargo, no todos pueden escribir con una perspectiva de género. Hay muchos avances teóricos -y concretos- al respecto y es imposible producir desde esos enfoques de género, si quien escribe no está posicionado desde ellos. No se puede improvisar, si no se está deconstruido en lo referente al androcentrismo, que ha prevalecido durante tanto tiempo.

Por otra parte, consideró que se registran avances en la sociedad a los fines de dejar de atribuir a la mujer solamente los roles de maternidad y acompañamiento al varón, y en este sentido destacó el rol de las nuevas generaciones. "Creo que, desde hace muchos años, desde la lucha de los primeros feminismos hasta hoy, el estereotipo de la mujer solo madre y esposa está en disputa. Con la inserción de las mujeres en el mundo profesional y laboral en general se van perdiendo, lentamente, estos roles prioritarios, aunque se mantengan en las representaciones sociales".

"Las nuevas generaciones ponen en cuestión los mandatos sociales patriarcales y los desafían, con nuevas formas de ser y estar en el mundo. Y en ellas está la posibilidad de avanzar hacia una igualdad más plena entre los géneros, lo cual beneficiaría a todos. Esto se manifiesta en las obras del corpus analizadas; la diferencia en los testimonios de escritoras del siglo XX y de escritoras jóvenes del presente siglo. Estas últimas muestran un empoderamiento significativo respecto de las primeras, con miradas más desafiantes y rebeldes acerca de las representaciones sociales, sexistas y androcéntricas", agregó Matteucci.

Cabe agregar que fuentes de la editorial "Cartografías" destacaron el aporte de "esta intelectual, Magíster en Lingüística aplicada a la Enseñanza de la lengua materna o extranjera, Licenciada y Profesora en Ciencias de la Educación, Profesora en Letras y Diplomada en Género", tal como la presenta, dejando de relieve que "inicia su libro 'Mujeres, escritura y vida...' con una especial mención a su madre, a quien define como 'feminista', sin ella saber sobre ese concepto. "A pesar de haber sido normativizada por una sociedad patriarcal que le dejó escasas posibilidades de insertarse en el afuera social, ella pudo hablarme como mujer-sujeto de cultura y transmitirme, de algún modo, sus deseos de rebelarse contra esa sociedad", reivindicó al respecto la autora bellvillense.

"Sin mencionar ni conocer el feminismo, mi madre fue feminista. Y sus palabras connotaban una crítica velada a la sociedad patriarcal, germen de mi posterior rebeldía. En sus mensajes -conscientes o inconscientes- estaba el origen de una mujer diferente, que ella ansiaba para mí y que yo 'leí' e internalicé. Pero, además, reflexioné sobre la similitud de la costura, el bordado y el tejido que ella realizaba, con la escritura de los textos, tema tratado por algunas escritoras. Y cómo de mi madre -quien tenía escasa escolarización- que me hablaba, me cantaba y me contaba historias aprendí a 'hilvanar palabras', como la mayoría de las mujeres aprendemos con la interlocución de las mayores que nos precedieron. Porque el origen del lenguaje viene de la madre, por eso se llama lengua materna a la primera lengua", agregó en su homenaje.

Finalmente, Matteucci remarca la presencia de "una estructura social patriarcal que marca la vida toda de las mujeres, y la escritura no queda al margen de ello. Sabemos que, históricamente, estas han tenido que luchar para lograr visibilidad y, aún hoy, el canon literario prioriza la escritura masculina. No obstante, actualmente existe una gran producción de literatura escrita por mujeres, que se lee y se valora estéticamente. Y eso es un gran logro de los feminismos y los enfoques de género de todo el mundo. Además, pienso que la literatura es 'poder', que las palabras, el discurso tienen poder y posicionarse desde un yo-mujer que escribe es un 'contrapoder' respecto de la estructura social patriarcal".

"Ahora bien, las escritoras del corpus, diversas, no esencializadas, marcadas por experiencias múltiples, se posicionan con miradas personales, de manera explícita o im-plícita frente a esa estructura social patriarcal, aunque ninguna la soslaya. Y estos posicionamientos diversos responden a que las escritoras analizadas pertenecen a ge-neraciones de la segunda mitad del siglo XX y las dos décadas del presente y sus experiencias personales e históricas intervienen, de alguna manera, en el proceso crea-dor. Pude comprobar, a través de la lectura y el análisis de las obras del corpus, que los condicionamientos históricos y sociales, que han limitado la escritura de las mujeres, están cediendo cada día más. Y que las producciones del presente siglo no sólo implican la libertad de nombrar el mundo y transformarlo, sino que esa literatura se convierte en un acto político. Es decir, más allá de lo particular o subjetivo, hay una validez plural y pública de lo que se narra. Y en esto radica la resistencia a la estructura social patriarcal".

En este marco, Matteucci rescata el concepto de la re-conocida antropóloga Rita Segato cuando sostiene que "para desarticular el orden social patriarcal, las mujeres deben construir su propia desobediencia. Y creo que la escritura -personal y política- es una manera de lograrlo, ya que permite visualizar a quienes por años fueron invisiblizadas, no solamente en la literatura sino, también, en la historia, la ciencia, las artes y en todos los órdenes de la vida social. Y así, mediante la escritura, cada narradora construye su personal desobediencia, para oponerse al orden social patriarcal", concluyó.

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Esos mosaicos que supimos conseguir
(historias de plaza)


Por David Picolomini
Se llamaba Gerónimo Arroyo y supo recibirse de Francés. De idioma francés, se entiende.
De muy jovencito, alcanzó a esquivar el tremebundo mandoble de la asfixiante necesidad y se largó a poner de espaldas tres veces a la adversidad fatalmente destinada para él.

Ahora, muchos años después, de retorno a la ciudad que lo vio irse, está de frente ante la estatua que inmortaliza al general, al general San Martín, y le murmura cosas vinculadas con la decencia, la humildad, la solidaridad y el desprendimiento material. Valores que reconoce que el prócer concentraba en toda su legendaria epopeya.

Está loco.

Está loco, porque se lo escucha manifestarse con ampulosos y exagerados ademanes ante la soberbia obra ecuestre de mediados del siglo XX, sin otro interlocutor que el silencio que le puede devolver la fidedigna imagen mineral del Libertador. No hay más nadie.

"Baje -le ruega imperativo- Solamente usted, general, puede arreglar este quilombo"-afirma ceremonioso. Instantes después se va retirando gallardo y reconfortado por su arenga hacia la nada; el loco.

En tanto, por la arteria opuesta, es decir, la Pío Angulo, estacionaba visiblemente ofuscado el "vasco" Jesús, largamente enfurecido porque "dos mozalbetes de poca alzada y muy mala educación", le habían proferido al noble y laborioso inmigrante, el chocarrero mote de "Chupete", y hubo que verlo al hijo de la Vascongada como, en un tris; aparcó su triciclo botellero, acomodó su distintiva boina, removió entre su bombachín rematado con pinzas de ciclista, hasta extraer una soberana gomera, honda que configuraba su arma más letal -por todo el pueblo aceptada y difundida- para comenzar la madre de todas las batallas gomeriles hacia los atrevidos rapaces que pensaban que la interminable y tórrida siesta bellvillense se podría matizar con chanzas hacia algún personaje de reconocido sobrenombre, según la cátedra pueblerina.

El peninsular, pese a su avanzada edad, no reconocía a la vejez como uno de sus impedimentos para continuar haciendo lo poco que quedaba de América.

Ágil y predispuesto, no existía domicilio barrial o céntrico que no le hubiera abierto las puertas al "vasco" para ofrecerle en "amable gesto unificante de dos culturas, dos continentes y dos diferentes maneras de vivir y pensar", todo tipo de porquería que uno no sabía cómo sacarse de encima porque los basureros no se lo llevaban. Sinceramente.

Este otro, corría en motos. Daba vueltas redondeando la plaza del centro de Bell Ville. Era el más chico de los Bondone y las tías de la calle General Paz se asustaban de solo escuchar sus travesuras.

¡¡Migueliiito!!, le decían, ¿cuándo vas a sentar cabeza?

Paseaba por las glorietas y se decía amigo de los sapos y amigo de las niñas que salían del Nacional, por las tardecitas.

Después se compró un bombo mientras trabajaba en el Banco de Córdoba. Caja y diferencia, caja... y viernes diablo.

……………………………………..

-Y, ¿cuánto me va a cobrar por una bolsa de arpillera de liga de caballo don "Mecho"?

(La abuela, a los gritos, al pasar por la plaza, de aquel lado; le encomendaba al antecesor de cualquier remisero o taxi driver, un mandado, cuyo cometido tenía un tufillo raro).

-¡Ya sabe, nonita, un peso, y algo fresco para la vuelta!- devolvía presupuestaria-mente el "cochero de plaza", don Mercedes Moyano, con el rostro curtido por la nacionalidad orgullosamente argentina, acostumbrado a traficar bosta de su propio socio productivo -su caballo criollo- para beneficio de las marimonias, crisantemos y tacos de reina, de las vecinas de la plaza, las que lo tenían siempre a mano.

En la misma plaza de tanto encuentro, sucedieron escandalosos desencuentros. Alguien le quitó la vida a un contrincante, alguien murió el día que declaraban ciudad al pueblo, alguien cruzó desesperadamente sus mosaicos en una madrugada para romper dos pechos de puro cemento Pórtland, cal y arena femenina; alguien subió una bandera argentina, dieciséis minutos después que Mario-Alberto-del-lugar; designara a su aldea, capital del mundo, por un rato.

Yo también lloré, sobre el banco de granito blanquecino que no está más en la glorieta frente a la iglesia... cerca de las seis menos cuarto. En alguno de esos días, alguien me había declarado prescindible.

A lo mejor, ya no están más esos mosaicos que supimos conseguir entre vecinos. Cada uno, con los que se pudieran alcanzar, y si no, procurando donaciones para vestir la vieja plaza. Otros tiempos, otras maneras.

Mientras, yo ya había aprendido a no comerme las naranjas, a trepar palmeras por "coquitos", a inflar bombitas en las canillas claves, a deglutir las moras del árbol frente al Huerto, a cabalgar a ciegas las bancadas de la "retreta", a saltar las verjas perimetrales sin tocarlas, a eludir al placero y su protesta, a correr en bici alrededor del monumento, a esperar los corsos y las estudiantinas, a acomodar boletas de las tómbolas en la parada de taxis y a esperar sobre la Córdoba de doble mano -como al doscientos y pico- que bajara una mujer bajita, de rostro familiar, desde cualquier A.B.L.O. y General Urquiza.

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